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El oasis de las palmeras

El oasis de las palmeras

Hoy estaba particularmente nervioso. No sé, tenía como prisa, he ido a mirar un piso enano e iba acelerado con la intención de comer en casa. En la estación de Núñez de Balboa (una de las muchas sinsustancias estaciones del Metro de Madrid) había un chico rellenito sentado en uno de los bancos.

Físicamente daba la apariencia de ser una de esas personas que se salen de lo que podemos llamar "normal", vamos, uno de esos caprichos de Dios (por decir algo) que hace que no todos partamos en la vida de las mismas condiciones. Y ahí estaba, con una sensación de paz tremenda, sentado en su banco del andén.

Y se estaba metiendo entre pecho y espalda una palmera de chocolate de agarrate y no te menees. Y ahí, sentado, transmitía una imagen de paz tremenda, inspiraba al abrazo. Sí, así como hay gente en la calle que me inspira a la ostia también hay gente que me inspira al abrazo y éste chico era una de esas personas.

El chico, además, tenía la cara como si hoy el parte de producción de la vida tuviera reservada para él la reseña: "maquillar como Señor Glotón". Tenía las comisuras de los labios y parte de los mofletes llenos de chocolate de la palmera que estaba engullendo. El mundo pasaba deprisa a su alrededor, gente con prisas, empujones sin disculpas, axilas sin desodorante (sí, es una de mis obesiones), todo, con prisa. Menos él.

Lo dicho, la tranquilidad en persona, la felicidad en persona, la serenidad en forma de chico goloso, o por lo menos así lo he visto yo.

Besotes mil

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4 comentarios

Teina -

Jaja, me muero cuando escribes tù! Yo tambièn he tenido la sensaciòn de que alguien por la calle fuese perfecto por un abrazo... Me lo has hecho ver...

mce79 -

Joe, que hambre me acaba de entrar!
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ace76 -

Bonita Polaroid urbana...

Yo espero que alcanzar esa serenidad sea más fácil de lo que nos hacen creer.

(jo, soy tonto, acabo de pillar lo de las "palmeras" del título. Por cierto, que a mí me empalagaban un poco. Donde estén los Donuts...)

esti -

Me acuerdo cuando me comía esas palmeras sin cuestionarme nada.
Ahora me como una de cuando en cuando, pero ya no es lo mismo. Antes tengo que engañar a mi cerebro, que se empeña en amargarme el dulce hablándome de grasas saturadas y colesterol.
La ignorancia es la felicidad.
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